La siguiente es una anécdota que redacté después de leer la propuesta de un concurso literario en el lugar donde trabajo, con la consigna "Borrón y cuento nuevo?" me asomé a las bases del concurso, casi sin notar mi nostalgia ante la escritura, y salté al abismo.
Las opciones eran claras: Poesía, Cuentos, Relatos de vida, Anécdotas.
Ayer me telefonearon para avisarme que obtuve el primer puesto con este fragmento...
Apenas curso los treinta y ya siento que en la memoria van desapareciendo algunos acontecimientos. Me digo a mí misma que la cabeza suprime ciertas experiencias a manera de protección; otras por resultar insulsas, pero lamentablemente también sospecho, que algunas debo llevarlas al papel para no olvidarlas. Así tengo listados de las “primeras palabras” de mis hijas (en su lenguaje original antes de adquirir el nuestro), de las metas que me propongo al comenzar cada año, de las fechas de los cumpleaños, de las experiencias de las que he aprendido (resiliencia), y a partir de hoy: de alguna que otra anécdota.
La mayoría de las personas que pasamos alguna vez por la guardia (médicos, enfermeros, personal de estadística, mucamas, etc.) la hemos transitado en “carne propia”.
Para comenzar quiero contarles que cuando uno es “R” (o residente), cualquiera sea su número, comienza a “subirse a la ambulancia” de a poquito… primero acompañado de otros médicos, para luego salir solos. Cuando digo “solos” se sobrentiende que siempre será en compañía de un chofer y él o la enfermera, que gracias al Dios tienen la experiencia que a uno le falta…
Me acuerdo de la llamada al 107, porque de metida, la contesté yo misma:
-Urgente! Por favor manden una ambulancia Urgente! Un señor se acaba de caer en la puerta del negocio que tengo, se pone azul! Por favor! Rápido!
Paso seguido, le solicité la dirección y salimos con la premura que la situación merecía, con las palpitaciones en alza y un nudo en la garganta.
Una vez llegados, encontramos a este individuo boca a bajo, en el piso, como nos habían descrito, rodeado de mucha gente (que nunca falta en la escena). La enfermera y la policía se encargaron de hacernos lugar para atenderlo. El chofer también se acercó velozmente con la camilla de transporte… entonces creí ver un guiño cómplice entre ellos, que no lo comprendí hasta unos minutos más tarde…
El Sr. estaba azul, cual pitufo, y aunque me esforzaba por hablarle, alinearlo y observar qué estaba obstruyendo su vía respiratoria, mientras lo subíamos a la camilla, de nada servía. La fuerza que éste individuo ejercía podía más que nosotros tres (enfermera, chofer y yo) y sin darnos cuenta estaba otra vez en el piso, luchando con nosotros.
De su garganta sólo salían sonidos inteligibles, que al menos me aseguraban que la vía aérea permanecía permeable, y así me conformaba mientras combatíamos.
Minutos más tarde logramos nuestros primeros objetivos: subirlo a la ambulancia, abrir el tubo de oxígeno y sostenerle la máscara. Los esfuerzos parecían fútiles, el color no variaba, como así tampoco los sonidos… Yo luchaba por auscultarlo, sin resultados positivos.
El camino se hizo eterno, sudando, haciendo algoritmos diagnósticos confusos, sosteniendo la máscara de oxigeno, la sirena que sonaba… pero el hospital se hacía más y más lejano.
Entretanto, le pido a la enfermera que me ayude, mientras una gota de mi frente cae sobre el paciente y en ese instante explota en carcajadas!
-Relajate, me dice, es Almeyda. Nunca te tocó? Hace años que hace lo mismo… No le pasa nada, pero lo llevamos para cortar el circo que monta la gente a su alrededor y en un rato se va .
Como balde de agua fría: Yo me caigo de bruces, por no decir otras cosas, mientras ella se sigue riendo de la situación, y el chofer la secunda!
Es en vano… pero sólo me vino un pensamiento en la cabeza:
-en la Facultad se olvidaron de enseñarme algunas bolillas, me consuelo a mí misma.
sábado, 18 de julio de 2009
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